viernes, 5 de febrero de 2010

Claro que necesito algo

En mi misma mesa de un pequeño restaurante de Erfurt
ella sonríe
mientras él le narra algo que naturalmente no
comprendo.
Él pide una cerveza y ella le dice
–pasándole la mano por el pelo, el
aliento por la cara–
que no, que no debe mezclar –creo entender–
el coñac con la cerveza;
pero él se ríe y ya la copa está servida.
Ella tiene pecas –simétricas, clarísimas–
alrededor de la nariz
y sus ojos son también clarísimos, simétricos
y miran constantemente al mundo, es decir, a él.

Si corro un poquito la cortina
puedo ver afuera la calle, tan estrecha,
que algunos –muy pocos– transeúntes
recorren, despacio. Hay viento.
Hay gris. Hay frío. Hacia la ventana
veo venir una muchacha gruesamente vestida de
azul
que se detiene junto a mí, a un paso de mí
pero tras el cristal; un muchacho
vestido de negro
la recoge y parten en la moto fieramente
acelerada, aunque, claro,
no escucho el ruido.
Suelto la cortina. Él sigue
alternando el coñac con la cerveza, ella
bebe un vino casi transparente y cada vez
se dejan caer más uno contra el otro. En eso
se acerca al camarera
y me pregunta, nada menos, que
si necesito algo.


Félix Luis Viera

De: La que se fue, Antología poética

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