sábado, 24 de julio de 2010

Corifeo / Vengo de gritar tu nombre

Untitled - Ruth Smucker
Vengo de gritar tu nombre,
de clamar a la vastedad de la noche
una palabra inofensiva
que sonó como el nombre de una patria.
Vengo de gritar
que Malintzin ha muerto
y que su corazón quedó torcido
como el alma de sus hijos,
que Cortés llora la ausencia
mientras ordena
las cargas sobre las muchedumbres,
y los pueblos se dispersan
como archipiélagos marcados con tiza.

Vengo de gritar tu nombre,
pero eso no importa,
la noche es blanca en los Andes,
y estoy solo,
y necesito una mujer
que no diga
que no es tiempo para el amor,
que amar en estos tiempos
es lo mismo que flotar como un cadáver
frente a las playas;
por eso grito tu nombre
y traigo estas viejas piedras
desgajadas del Chimborazo y el Aconcagua,
la arena sedienta del desierto de Sonora,
y este buchito de agua del lago Titicaca
para que sonrías
y pronuncies mi nombre,
que no recuerdo,
que me fue arrebatado,
y que quiero escuchar de tus labios.

La noche es blanca en los Andes.
Yo vi los triunfos en Cochabamba,
en Junín,
en Guanajuato.
Ví a Hidalgo y a San Martín
admirarse cuando Quetzalcóatl
sangró su miembro
sobre los huesos polvosos
de Lautaro y Cuauhtémoc
para tornarlos al mar de la vida
como hombres nuevos
y hacerlos pelear
por el país que pendía bocabajo
como un ahorcado.

Vengo de gritar tu nombre,
de enseñar ola tras ola
el mar de mi desesperación.
Vean mi sombrero, vean mi reloj,
yo pude ser Margaret Thatcher
y ganar una guerra más grande que ésta,
y hablar de países lejanos,
y poner mi bandera en islas
donde me cabe un solo pie.

Yo pude ser Pancho Villa
o Ernesto Guevara o Sandino,
y agitar en el aire nuevas banderas,
y llevar en la garganta
como un solo canto
a nuestros pueblos,
pero las banderas se han vuelto trapos
flotando sobre los paredones,
y yo sólo soy un montañés
que no pudo ser un vagabundo de los puertos,
que no conoció los bares flotantes
de Rotterdam ni de Marsella,
y en cambio miró a Mar del Plata,
a Cartagena,
a Veracruz,
a Valparaíso,
y pudo sentir el rumor de todos los mares,
y los labios salados
de todas las mujeres de las costas.

Vengo de gritar tu nombre,
de ver a los marinos que tienden las velas,
y confían a los mares su destino.
Los heraldos han dicho
que la pampa está en llamas,
que arde el sitio en Cuautla,
que Morelos agita
el doliente de Hidalgo,
que el Pacífico y el Atlántico
revientan en los cascos de los barcos,
que una mujer pasea sus lamentos
en las calles angostas

No vendrá nadie
a contar tu ceniza,
nadie gritará tu muerte,
invocarás su nombre,
pero ella no vendrá,
nadie te espera,
nadie te ha buscado nunca.

La noche es blanca en los Andes.
A diario cantamos un epitafio,
una historia más de desamor,
no un viñedo mendocino
abriéndose paso hacia la cordillera,
no el desierto boliviano buscando la salida al mar.

Vengo de gritar tu nombre,
pero eso no importa,
siento que he gritado todo el amor
y toda la desolación de nuestros padres,
sin dejar de estar solo,
sin dejar de tener miedo,
como un marinero a la deriva
que sólo espera el grito de las sirenas.


Iván Cruz Osorio

De: Contracanto, Ed. Malpaís, 2010 México
Suprematism figure, 1928 - 32 - Malevich


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